
Eran pasadas las cinco de la tarde en Bucaramanga y el calor todavía se sentía pesado, de esos que te hacen agradecer el ruido constante del ventilador en la oficina. Estaba cerrando el último ticket de la semana cuando un compañero del equipo de diseño se sentó frente a mi escritorio. No dijo nada al principio; solo se quedó mirando mi cuaderno verde de tapa dura, ese que siempre tengo a la mano. Tenía esa mirada que ya reconozco: una mezcla de agotamiento y ese miedo sutil que aparece cuando sientes que la carga de trabajo te va a tragar entera.
Me preguntó, casi en un susurro, cómo podía negarse a un nuevo proyecto que le acababan de asignar sin que lo despidieran. No era un miedo irracional; en una agencia de 60 empleados como la nuestra, donde la mitad estamos en la oficina y la otra mitad remotos, el ritmo puede ser una aplanadora. Sentí su angustia porque yo también he estado ahí, apretando los dientes y diciendo que sí a todo por miedo a parecer poco comprometida.
El peso de un sí que no tiene espacio
Abrí el cuaderno en una de las páginas que escribí justo antes de las vacaciones de diciembre, cuando todos estábamos al borde del colapso tratando de cerrar el año. Revisamos juntos su carga actual. No era que no quisiera trabajar; el problema es que ya no tenía horas físicas en el día para cumplir con la calidad que él mismo se exige. El miedo de mi colega no era al trabajo en sí, sino a la percepción de su falta de compromiso ante los ojos de los directores.
Le mostré una nota que hice hace meses sobre el costo de oportunidad. Cada vez que le decimos que sí a una tarea nueva sin tener espacio, le estamos diciendo que no, implícitamente, a la calidad de lo que ya tenemos sobre la mesa. En Colombia, legalmente tenemos 15 días de vacaciones anuales remuneradas, pero de nada sirven si los otros meses del año los pasamos en un estado de alerta constante que nos quema antes de llegar al descanso.
Hablamos de la asertividad, una palabra que suena muy de manual de recursos humanos, pero que en la práctica es simplemente la capacidad de no dejarse pasar por encima sin necesidad de gritar. El error que cometemos casi siempre es pensar que decir que no es un acto de rebeldía, cuando en realidad es un acto de transparencia profesional.
La trampa de la excesiva diplomacia
Aquí es donde me puse un poco seria con él, y es algo que he anotado varias veces en el cuaderno verde: decir que no con demasiada diplomacia es un error. A veces, ser excesivamente amable o dar demasiadas vueltas al rechazar una tarea aumenta la presión de tu jefe por intentar convencerte. Si usas frases como "me encantaría, pero quizás no alcance" o "creo que voy a estar un poco apretado", lo que el jefe escucha es que hay una rendija por donde puede empujar un poco más.
La amabilidad extrema se confunde con duda. Cuando intentamos suavizar tanto el golpe, terminamos dejando la puerta abierta para que nos den una charla motivacional sobre "ponerse la camiseta" o "hacer un último esfuerzo". No se trata de ser grosero, pero sí de ser nítido. La claridad es una forma de respeto, tanto para tu tiempo como para el proyecto que tu jefe está tratando de sacar adelante.
Le sugerí un experimento sencillo para la reunión que tenía el lunes. En lugar de un "no" seco o una excusa llena de adornos, le propuse usar el guion de la prioridad compartida. No es decirle que no al jefe, es decirle que sí a lo que realmente importa.
El experimento del sí condicionado
Diseñamos un pequeño esquema. La idea era presentarse con la lista de tareas actuales —con tiempos reales, no optimistas— y preguntar directamente: "Jefe, para darle espacio a este nuevo proyecto con la calidad que necesita, ¿cuál de estas otras tres tareas actuales debemos pausar o mover de fecha?".
Esto cambia la dinámica por completo. Ya no eres tú el que se niega a trabajar; es la realidad del calendario la que impone el límite. Estás dándole visibilidad a los cuellos de botella que muchas veces los líderes no ven desde su posición. Hace poco escribí sobre cómo manejar conversaciones difíciles con clientes exigentes en agencias, y me di cuenta de que las raíces del miedo con el jefe son casi las mismas: el temor a romper la imagen de eficiencia que hemos construido.
Durante el cierre del primer trimestre de este año, vi a varios equipos colapsar por no usar esta técnica. Se llenaron de compromisos imposibles y terminaron entregando resultados mediocres que frustraron a todos. Decir que no a tiempo es, en el fondo, proteger el prestigio de tu propio trabajo.
Lo que pasó una semana después
Una tarde de lluvia hace un par de meses, este mismo colega regresó a mi escritorio con una sonrisa que no le veía hacía tiempo. Me contó que aplicó el guion. Me dijo que, al principio, le temblaron un poco las manos cuando abrió su gestor de tareas frente al jefe, pero la reacción no fue la que él esperaba. El jefe no se enojó; al contrario, agradeció tener ese panorama claro porque él tampoco sabía que el equipo estaba tan saturado.
Al final, el jefe decidió mover el nuevo proyecto para el siguiente mes. Mi compañero no perdió su trabajo, no quedó como alguien perezoso y, lo más importante, pudo dormir tranquilo esa noche. El sonido del ventilador de la oficina seguía ahí, pero el ambiente se sentía mucho más ligero.
Mientras la tinta negra de mi lapicero se secaba sobre el papel rugoso del cuaderno verde al anotar este desenlace, me quedé pensando en lo mucho que nos cuesta entender que los límites no nos hacen menos profesionales. El síndrome de burnout no es una medalla de honor, aunque a veces la cultura de las agencias nos haga creer que sí.
Una reflexión al cerrar el cuaderno
Me pregunto si mi jefe se dará cuenta de que estoy usando estas mismas técnicas con él cuando me pide reportes de último minuto un viernes a las cuatro de la tarde. Probablemente sí, pero como los resultados de People Ops han mejorado desde que dejé de decir que sí a todo, creo que no le importa. Al final del día, todos queremos lo mismo: que el trabajo salga bien y que nadie termine odiando su oficina el lunes por la mañana.
Obviamente, no soy psicóloga ni experta en liderazgo formal, solo soy alguien que anota lo que ve y lo que le funciona a la gente que se acerca a hablar conmigo. Si sientes que el estrés te está superando de una manera que ya no puedes manejar con un simple cambio de comunicación, lo mejor es que consultes con un profesional de la salud mental. Poner límites es una herramienta, pero no reemplaza el cuidado profundo que a veces necesitamos.
Cierro el cuaderno por hoy. Ya no queda café y el edificio se está quedando en silencio. Mañana será otro día para seguir aprendiendo a decir que no, un pequeño límite a la vez.