Cuatro preguntas se repiten, casi con las mismas palabras, cuando alguien se entera de que llevo un cuaderno verde lleno de conversaciones de oficina: si vale la pena pagar por una academia de liderazgo cuando ya te buscan sin cargo, si eso no es de impostora sin título de People Operations, si el certificado sirve para algo real, y si no es mejor solo confiar en el instinto. Dejo acá mi respuesta pensada sobre desarrollo profesional y mentoría accidental con estructura de una NCL de por medio.
Antes de seguir, la parte transparente: este espacio se sostiene con enlaces afiliados de Hotmart, y si te inscribís en un programa a través de lo que dejo más abajo, yo recibo una comisión sin que a vos te cambie el precio. Solo menciono lo que reviso yo misma, con el filtro del cuaderno verde de por medio.
¿Vale la pena una academia de liderazgo si ya te buscan sin título?
Ahí está la primera, y la más incómoda: si ya te buscan para pedirte consejo sin que nadie te haya dado un cargo de líder, ¿para qué pagar por una formación? Un programa formal puede ponerle nombre a lo que ya estás haciendo, pero no siempre te enseña a hacer mejor lo que ya hacías bien. Esa fue, más o menos, la respuesta que le di a Andrea la última vez que me lo preguntó, y después se quedó un rato callada, no incómoda, más bien pensando, como si estuviera acomodando la idea en un cajón que no sabía que tenía (o eso quiero pensar). Marianela Tovar, mi excompañera de una empresa anterior que ahora vive en Bogotá, nos mandamos notas de voz los martes desde que se fue con un ascenso, tiene un criterio muy afilado para distinguir cuándo alguien gestiona personas de verdad y cuándo solo actúa el papel, y fue ella quien me dijo que la diferencia no está en el diploma sino en si la persona sigue escuchando después de que cierra la puerta de la oficina. Con esa idea rondando fue como terminé buscando opciones y llegué por primera vez a la Academia de Liderazgo basado en la NCL, aunque de eso cuento más abajo.
La certificación le pone lenguaje al instinto, no lo reemplaza
Lo que cambió con la estructura no fue la esencia sino el vocabulario: aprendí a nombrarle a algo que en el fondo ya practicaba sin etiqueta técnica, escuchar antes de aconsejar, aunque ponerle ese nombre no cambió gran cosa en cómo lo hacía en la práctica. Oswaldo Ruiz, uno de los desarrolladores backend de la agencia, casi no habla en las reuniones. Hasta que un viernes a las siete de la noche me escribió por Slack preguntando cómo manejar un conflicto con su líder técnico. Desde entonces nos tomamos un café un par de veces al mes, y la primera vez entendí que él necesitaba pensar en voz alta más que recibir una respuesta armada de mi parte: parecía que estaba dando un monólogo, pero en realidad estaba llegando solo a la conclusión, y mi trabajo era simplemente no interrumpir ese proceso. Con la mitad del equipo trabajando remoto, esa misma paciencia se vuelve más difícil de sostener, y ahí conecta bastante lo que se explica sobre el liderazgo neuroconsciente para gestionar equipos remotos, aunque ese es un tema que prefiero dejar para otro día.
Las preguntas que en realidad más se repiten
Casi todas las preguntas caen en dos categorías, aunque cada persona las disfrace distinto: qué hacer cuando no te dan el ascenso que esperabas y cómo poner un límite sin que se sienta un portazo, algo que se acerca bastante a formas de decir que no al jefe con profesionalismo. Antes intentaba cerrar esas conversaciones con una lista de pasos concretos, tres o cuatro puntos ordenados, y aunque llegaban con buena intención se sentían prestados, como si se los estuviera leyendo a alguien desde un guion que no era mío. Dejé de hacerlo cuando noté que la persona del otro lado asentía sin realmente escuchar. Mientras tanto el aire acondicionado manda ese chorro de aire frío justo al lado que no toca en el momento en que más te concentrás, y una tarde entera se puede ir en encontrar la frase correcta para una sola conversación.
Elegir la academia sin perder tu manera de hablar
Terminé eligiendo la Academia de Liderazgo basado en la NCL porque no hablaba de dominar el mercado ni de ser un león de oficina, sino de neurocognición aplicada a cómo reaccionamos bajo presión. Aunque debo decir, para ser justa, que el enfoque NCL tiene críticas legítimas dentro de la psicología académica, y yo lo tomo como marco práctico, no como ciencia cerrada. El material está alojado en Hotmart, ordenado en módulos cortos que se pueden ver mientras se almuerza, y lo que más agradezco es poder volver a un video puntual después de una charla difícil, en vez de releer todo desde el principio. La inversión no es menor. En dólares, y para cualquiera de nosotras en Latinoamérica eso significa pensarlo dos veces antes de meter la tarjeta, así que no es algo que recomiende a la ligera ni para quien busca solamente un diploma de adorno. Ahí entra otra idea que vale la pena mencionar de paso: no todas las conversaciones que ayudan necesitan una agenda fija detrás, a veces la estructura sirve más para saber cuándo callarte que para saber qué decir.
Cuándo sí vale la pena, y cuándo no
Mi respuesta corta, después de todas las veces que me lo han preguntado, es esta: vale la pena si ya te buscan sin que lo hayas pedido y lo que te falta es vocabulario para ordenar lo que intuías, no si estás buscando un guion para actuar de jefa perfecta. Ahí lo que necesitás no es una academia, es dejar de imitar a alguien que no sos. Si te reconocés en la primera parte, la Academia de Liderazgo basado en la NCL es una opción sólida, sobre todo si trabajás en entornos digitales rápidos como el mío, con la mitad del equipo remoto y decisiones que no esperan. Y si lo que tenés encima es agotamiento real o un conflicto que ya no te deja dormir, ninguna academia reemplaza una charla con un profesional de salud mental. Eso no lo dice la formación, lo digo yo, con el cuaderno verde todavía abierto sobre la mesa.