
Fue una tarde de lluvia en mayo, de esas que en Bucaramanga te obligan a cerrar las ventanas para que el viento de la Mesa de los Santos no te vuele los papeles, cuando uno de nuestros diseñadores senior se sentó frente a mi escritorio. Traía un café que ya se había enfriado y esa mirada de quien ha pasado demasiadas horas frente a una retícula de Figma sin encontrar la salida. Me confesó, casi en un susurro para que el resto de los 60 empleados de la agencia no escucharan, que sentía que su última campaña, la que el cliente amó, había sido un golpe de suerte y que pronto todos se darían cuenta de que no tenía idea de lo que estaba haciendo.
Antes de seguir, quiero contarte algo importante. Diario del Mentor se mantiene gracias a vínculos afiliados con Hotmart. Si terminás inscribiéndote en algún programa por los enlaces que ves acá, yo gano una comisión del 36% sin que a vos te cueste un peso más. Solo menciono cosas que yo misma estoy revisando, como la Academia de Liderazgo basado en la NCL, mientras trato de entender este rol de mentora accidental. Pero ojo: nada de esto reemplaza a un psicólogo, a un coach certificado o a una charla honesta con tu jefe. Yo solo soy Natalia, la de People Ops, con un cuaderno verde y muchas preguntas.
El peso de ser creativo en un mundo de métricas
Abrí mi cuaderno verde de tapa dura —el mismo que empecé hace cinco años cuando era asistente— y noté que el nombre de este diseñador ya aparecía tres veces con la misma duda. Es curioso cómo el talento creativo no te inmuniza contra la inseguridad; de hecho, parece alimentarla. En una agencia digital, el trabajo de un artista está constantemente bajo el microscopio de personas que no necesariamente entienden de estética, sino de clics, conversiones y KPIs. Esa es la trampa del síndrome del impostor en nuestro sector.
A diferencia de un artista independiente que puede ignorar la validación externa, los creativos en entornos corporativos dependen directamente de la aprobación de jefes y clientes que miden el éxito con reglas ajenas a la visión artística. El olor a café recién molido de la máquina de la oficina se mezclaba con el aroma a papel viejo de mi cuaderno mientras yo lo escuchaba. Sentí ese nudo en el estómago que me da cada vez que alguien me busca esperando una respuesta magistral, como si yo tuviera el mapa de la mente humana guardado en el cajón de los suministros.
Cuando el cerebro nos juega en contra
Durante el pico de entregas de junio, mientras los tickets de soporte y los cambios de último minuto volaban por Slack, me puse a revisar los módulos de la academia que mencioné arriba. Necesitaba herramientas. Ahí entendí que lo que nos pasa no es falta de capacidad, sino una reacción biológica. El cerebro creativo interpreta la incertidumbre de una hoja en blanco o de un feedback ambiguo como una amenaza directa. No es que seas un fraude; es que tu amígdala está tratando de protegerte del rechazo social, que en la oficina se traduce en que no te den ese ascenso o que el cliente pida un reembolso.
Traté de explicarle esto a otro compañero hace unas tres semanas usando un término técnico de psicología que leí en un blog —algo sobre la disonancia cognitiva mal aplicada— y me miró con una cara de escepticismo total. Fue un fracaso pequeño pero instructivo: a veces, por querer parecer una mentora de verdad, termino sonando como un manual de instrucciones mal traducido. La verdad es que yo tampoco tengo idea de qué estoy haciendo la mitad del tiempo, pero mi cuaderno dice que mis consejos, aunque sean simples, han funcionado antes. A veces solo se trata de cómo hacer mentoria entre pares para fortalecer el equipo sin necesidad de títulos rimbombantes.
La trampa de la validación externa
En el mundo creativo, nos enseñan que somos tan buenos como nuestro último portafolio. Pero en una agencia de 60 personas, la mitad trabajando en remoto desde sus casas en Cañaveral o Cabecera, esa validación se vuelve volátil. Si el cliente tuvo un mal día, tu diseño es "malo". Si el algoritmo de Facebook cambió, tu campaña "falló". Es vital entender que tu valor como profesional no puede estar anclado a métricas que vos no controlás. Esto es algo que discutimos mucho cuando analizamos los retos en la transición de compañero a líder en equipos creativos, porque ahí el síndrome del impostor se multiplica por diez.
Un jueves nublado a mitad de mes, me di cuenta de que muchos de mis compañeros buscaban mi oído porque yo no los juzgaba por sus entregables, sino por sus procesos. El cuaderno verde está lleno de notas sobre cómo la gente se siente, no sobre si el logo era azul o verde. Esa es la verdadera mentoría accidental: crear un espacio donde el miedo a ser descubierto no sea motivo de vergüenza, sino un punto de partida para conversar. A veces, la solución no es "creer más en uno mismo" (ese consejo genérico que me enferma), sino entender que todos estamos improvisando un poco.
Pequeñas victorias contra el fraude interno
Para quienes están revisando material de formación, como la Academia de Liderazgo basado en la NCL, el valor real suele estar en esos marcos prácticos que te permiten desglosar el estrés. El material es denso, lo admito, y a veces me toca volver atrás cuando aparece una conversación de oficina que dispara una pregunta nueva, pero tener una estructura ayuda a calmar el ruido mental. Me sirve como un mapa, aunque no sea una ciencia exacta. Si te interesa explorar estas herramientas, te recomiendo ver por qué inscribirse en una academia de liderazgo puede darte ese empujón de confianza que falta.
Lo que le dije al diseñador senior aquella tarde de lluvia fue simple: "No tenés que ser un experto absoluto para ser valioso hoy". El plan de acción que armamos no fue leer diez libros de liderazgo, sino anotar tres cosas que él sabía que había hecho bien por mérito propio, no por suerte, cada viernes antes de cerrar su computadora. No eliminamos el miedo, pero lo hicimos un poco más manejable, como un ruido de fondo que ya no te impide trabajar.
Cerrar el cuaderno por hoy
Ya es tarde y acabo de cerrar el último ticket de la semana. La oficina está en silencio, solo se escucha el zumbido del aire acondicionado y el tráfico lejano de la ciudad. Miro mi cuaderno y veo que la entrada de hoy es más larga de lo habitual. Quizás es porque yo también necesito recordarme que estar aquí, después de cinco años, no es un accidente. Si vos también sentís que en cualquier momento alguien va a entrar a tu oficina y te va a pedir que devuelvas las llaves porque "ya se dieron cuenta", recordá que la duda es, irónicamente, una señal de que te importa lo que hacés.
El síndrome del impostor no se cura con un diploma ni con un aumento de sueldo; se gestiona compartiendo la carga. Si sentís que necesitás una base más sólida para manejar a tu equipo o a vos mismo, dale una mirada a la Academia de Liderazgo basado en la NCL. Es una inversión importante —casi 800 dólares que duelen en moneda local— pero los módulos cortos se pueden digerir entre tinto y tinto durante la semana. No te va a quitar el miedo de golpe, pero te va a dar un lenguaje nuevo para entender por qué tu cerebro te miente.
Mañana será otro día de café infinito y conversaciones en voz baja. Por ahora, me voy a casa con la tranquilidad de saber que, aunque no tenga todas las respuestas, al menos tengo un cuaderno verde que me recuerda que no estoy sola en esto. Y vos tampoco. Si alguna vez necesitás hablar de esto, buscá a esa persona en tu oficina que sepa escuchar, o mejor aún, empezá tu propio cuaderno. Te sorprendería lo que descubrís cuando dejás de intentar parecer perfecta.