
Eran pasadas las cinco de una tarde de esas en las que Bucaramanga se siente como una caja de vapor. El olor a café recién hecho de la cocina de la agencia —ese aroma que nunca se acaba porque somos casi 60 personas turnándonos la greca— inundaba el pasillo. Yo solo quería llenar mi termo por última vez y cerrar el día, pero ahí estaba él. Uno de los diseñadores senior me interceptó con esa mirada que ya conozco de memoria: los hombros caídos, el ceño ligeramente fruncido y esa frase que empieza con un "Nati, ¿tienes cinco minuticos?". En ese momento, sentí una presión sorda en la base del cuello, justo esa tensión que me avisa que mi capacidad de escucha está al límite, mientras mis dedos rozaban el papel rugoso de mi cuaderno verde de tapa dura que llevaba bajo el brazo. Lo sentía más pesado que de costumbre, como si las historias de los demás hubieran empezado a ganar masa física.
Llevo cinco años en esta agencia digital. Empecé como asistente de People Ops y ahora, con la mitad de nosotros trabajando remoto y la otra mitad en la oficina —un equilibrio del 50% que a veces parece más una malabarismo que una estructura—, me he convertido, sin quererlo, en el paño de lágrimas y el oráculo de carrera de medio mundo. Al principio me sentía halagada. Me gustaba que confiaran en mí para preguntarme cómo manejar una promoción que no llegaba o cómo decirle al jefe que no a un proyecto extra. Pero hace unos meses entendí que estaba cargando con un peso que no me correspondía. Antes de seguir, quiero ser clara: Diario del Mentor se sostiene gracias a vínculos afiliados con Hotmart. Si terminas inscribiéndote en algún programa por los enlaces que dejo, yo gano una comisión sin que el precio cambie para ti. Solo menciono cosas que yo misma estoy estudiando, como la Academia de Liderazgo basado en la NCL, pero nada de esto reemplaza a un terapeuta de verdad o a un coach certificado. Yo solo soy alguien con un cuaderno verde y muchas ganas de entender qué estamos haciendo con nuestras vidas laborales.
El peso invisible de ser el oído de la oficina
Esa tarde de marzo, cuando el calor de la ciudad no daba tregua, me di cuenta de que mi generosidad con el tiempo me estaba pasando factura. No tengo formación en psicología ni soy una experta en liderazgo formal, pero la gente me busca porque sé escuchar. El problema es que escuchar consume energía, y cuando esa energía se agota, el trabajo que sí está en mi descripción de cargo empieza a sufrir. Recuerdo con una mezcla de vergüenza y cansancio una tarde lluviosa de julio. Me quedé dos horas escuchando a un creativo hablar sobre sus frustraciones con los ascensos, tratando de darle una guía que no me había pedido formalmente pero que sentía que necesitaba. Salí tan agotada mentalmente que, al volver a mi puesto para cerrar la nómina, cometí tres errores graves en el reporte que me costaron media mañana del día siguiente para corregir.
Ahí, mirando las celdas de Excel que no cuadraban, me repetí a mí misma: "no soy tu terapeuta". Lo pensaba mientras sonreía y asentía en las reuniones, sintiéndome culpable por desear que las conversaciones terminaran de una vez. Es difícil poner límites cuando tu rol es, precisamente, cuidar a la gente. En una agencia mediana, donde todos nos conocemos y donde rechazar una consulta puede interpretarse como una falta de compromiso o, peor aún, como una señal de que no eres una "jugadora de equipo", el riesgo de decir que no se siente muy real. Para alguien en mi posición, ser la que escucha es parte de mi capital social, pero también es la trampa que me impide avanzar en mis propios proyectos estratégicos.
Aprendí que el consejo estándar de "simplemente di que no" no funciona en entornos de alta jerarquía o en agencias donde la cultura es muy cercana. Si le digo que no a un director creativo que viene a pedirme consejo, ¿estoy poniendo en riesgo mi propia carrera? ¿Va a pensar que no me importa la retención del talento? Esa presión es constante. He tenido que aprender a diferenciar entre ser empática y ser un recurso inagotable. En mi experiencia como especialista en People Operations, he visto cómo la falta de límites termina quemando a los mejores elementos de la empresa.
Buscando una estructura en medio del caos
Hace unas tres semanas, empecé a revisar seriamente el material de la Academia de Liderazgo basado en la NCL. No lo hice porque quisiera volverme una experta en neuro-codificación lingüística desde un punto de vista académico —de hecho, la NCL tiene sus críticas en la psicología tradicional y yo siempre tomo esas cosas con pinzas—, sino porque necesitaba herramientas prácticas para estructurar mis conversaciones. El curso cuesta cerca de USD 800, lo cual es una inversión importante para cualquiera en Latinoamérica, pero la comisión del 36% que mencioné antes me ayuda a justificar el tiempo que le dedico a estas reseñas.
Lo que más me ha servido es aprender a cerrar la puerta del cuaderno. El material está dividido en módulos cortos que puedo ver entre semana, y me ha dado frases concretas para redirigir las charlas. Por ejemplo, en lugar de dejar que una queja se extienda por una hora, ahora pregunto: "¿Qué resultado específico buscas con esta conversación?". Eso corta el drama y nos mueve a la acción. Si sientes que estás en una situación similar, tal vez te sirva leer sobre lo que aprendí sobre mediación de conflictos sin ser jefa, porque a veces el límite no es un muro, sino un puente hacia la autonomía del otro.
El lunes pasado por la mañana, apliqué algo nuevo. Cuando una compañera me escribió por Slack diciendo que "solo necesitaba cinco minutos" para hablar de un roce con su líder, sentí el impulso de responder de inmediato. Pero me detuve. Revisé mi calendario y le propuse vernos el jueves a la hora del café. Establecer horarios específicos para estos "mentoreos accidentales" ha sido mi salvación. Ya no soy la persona que está disponible 24/7, sino la que tiene un espacio dedicado para eso. Esto no solo protegió mi tiempo, sino que también obligó a mis compañeros a reflexionar más sobre sus problemas antes de traérmelos.
La transición hacia una mentoría con propósito
Todavía estoy descubriendo qué hacer con este rol que me cayó del cielo. Mi cuaderno verde ya pasó las primeras tapas y estoy por empezar uno nuevo. A veces, caminando por Cabecera o subiendo hacia la Mesa de los Santos el fin de semana, me sorprendo pensando en las conversaciones que tuve durante la semana. Me pregunto si lo que dije ayudó o si solo fue un parche momentáneo. Pero lo que sí tengo claro es que para ayudar a otros, primero tengo que estar bien yo. Si no cuido mi paz, termino siendo una versión mediocre de mí misma, cometiendo errores en la nómina y sintiendo resentimiento hacia gente que realmente aprecio.
Poner límites no es ser antipática. Es, de hecho, una forma de respeto. Al decir "hoy no puedo, pero hablemos el miércoles", le estoy dando a la otra persona la importancia que merece su problema, en lugar de escucharla a medias mientras pienso en los correos que no he respondido. Si estás lidiando con un entorno pesado, te recomiendo revisar cómo lidiar con compañeros tóxicos y proteger tu paz, porque a veces el problema no es que seas buena escuchando, sino que el entorno es demasiado demandante.
Al final del día, después de cerrar el último ticket de la semana y apagar la luz de la oficina, entiendo que mi valor no está en ser la terapeuta de 60 personas, sino en ser la profesional que sabe cuándo abrir el cuaderno y, sobre todo, cuándo cerrarlo. Si sientes que te falta estructura para manejar a tu equipo o tus propias conversaciones difíciles, dale una mirada a la Academia de Liderazgo basado en la NCL. Tiene sus bemoles, como el precio y el enfoque a veces denso, pero a mí me ha dado el lenguaje que me faltaba para recuperar mi tiempo sin perder mi esencia. Y por favor, si sientes que la carga emocional es demasiado fuerte, no dudes en buscar a un profesional de la salud mental; un cuaderno verde y un café son buenos inicios, pero hay procesos que requieren manos expertas.